Con su serie de las sillas, José Vivenes aporta un imperativo aliento al género escultórico en Venezuela, por muchos años desvalido de propuestas emocionantes y entregado en gran parte a un alarmante formalismo con centro en la representación de supuestas formas identitarias femeninas o fantasías gratificantes de saltimbanquies y maromeros.
Derivadas de un programa orientado a la producción de ensamblajes con fragmentos de recolección, las sillas también pretenden comentar sobre la figura humana, y la convocan aquí en su anatomía inmaterial. Como fuente de sentido, estas piezas se conciben como retratos, como antropomorfias. Y es que la obra de José Vivenes, en las direcciones diversas de la plástica contemporánea Venezolana con las cuales se alinea en el tiempo, se mueve en la auscultación de una de una <<filosofía>> del cuerpo, tema hoy en plana efervescencia entre nuestros jóvenes artistas.
Sus sillas encarnan presencias y se engastan fluidamente en una agenda creativa que ha desandado las resoluciones más diversas. Desde aquella pintura de fuerte expresividad cromática y gestual con la que el artista acompaña un grupo que irrumpe en la escena regional a finales de los noventa, su camino se ha trozado en un clima de constante experimentación. Sus registros pictóricos iniciales del cuerpo no trascienden el rostro. El rostro como evocación concreta –retratos, no representación anónima -, se revela mediante gestos reinterpretados, no necesariamenten en su fisicalidad, sino como energía. De hecho, su inscripción se posa algunas veces sobre un particular soporte: la carátula de libros, cuya tripas han quedado encriptadas por efectos por un baño de resina que las somete a un silencio infinito. El <<alma>> así resguardada se hace expresar en la epidermis por una gestualidad de libre exégesis.
Más allá de la pintura sobre tela que practica en sus primeros pasos, un segmento importante de su obra se asocia a una tradición de artistas locales de diversas generaciones –visibles en el panorama local del arte desde los 60 y constantemente reveladas –que se nutre de un objetario del abandono e intenta resarcirlo como una poética que se hace posible a través del arte. La vibrante sillería de Vivenes, asiento de seres imaginarios que vienen a poblar un bestiario privado ya nutrido, nace de tal mediación. Aun desde sus primeras publicaciones (Salón Michelena, 2004, y VIII Salón Jóvenes con FIA, 2005) estas intrigantes estructuras se develan al espectador dispuestas en conjunto, cada pieza encarnada una humanidad claramente discernible. Vistas una a una –trémulas , bañadas de duda- las hirsutas representaciones posibilitan y reclaman una apreciación particular. Para construir sus seres – sillas, Vivenes junta estacas, fragmentos torneados y maderos silvestres (todos recolectados en bocas de playas del litoral Guaireño) y revoca alguna coyunturas con vendas. Mediante ese gesto logra un efecto tan perturbador como eficaz para deslindarse de convenciones esteticistas o complacientes y, a la vez, capturar el locus de un área marcada por programas de supervivencia en vilo. Remite con ímpetu a una estética del descalabro, de lo precario, de la desvalida naturaleza del cuerpo frente al inmaterial temple de lo espiritual. En su contextual forma o, más allá, desde el punto de vista de la libre interpretación de su conceptualizad, estas formas recrean el arte en su expresión más legítima.
Con el paso de la madera al bronce –iniciativa que el artista tiene actualmente en marcha-, en la compactación perenne de los fragmentos deleznables y perecederos y en su serialización, Vivenes insiste en la voluntad de resguardar una energía definitoria. Atiende la aspiración epicúrea por solidificar la obra en su naturaleza de cuerpo y finalmente la inscribe como exponente de un escultórica de raigambre, anotada en momentos precisos de nuestro historia cultural.
Guillermo Barrios
José Vivenes en su Silla. (Revista Veintiuno, Arte. Tendencias. Opinión. 3.11 junio-julio 2006)

